lunes, 29 de abril de 2013

Específicamente

Hay días, como éste, en los que quiero saber verdades concretas. Delimitadas. Casi cuadradas, nítidas. Las necesito. Como a veces necesito un abrazo o un susurro. O más que todo eso. Una seguridad clara, indiscutible. Algo que se enfrente a cualquier argumento. Una certeza incuestionable para revolear como bandera. Quiero un axioma. Un manual que seguir. Un rumbo al menos. Algo, desesperadamente. Me alcanza con una palabra, creo. Un objeto cualquiera al que anudarme y flotar. Una botella encerrando un mensaje. Un titular. Una promesa. A falta de vos, algo para sobrevivir el mientras. 

domingo, 28 de abril de 2013

Torpe

Esta soy yo.
Torpe. Muy torpe. Sin gracia. Bruta. Pesada. Lenta.
Le pongo amor y le pongo ganas, pero no por eso soy buena en las cosas que hago.
Mirame. Esta soy yo. Y estoy acá, ofreciéndote toda mi torpeza.

viernes, 26 de abril de 2013

La agencia

Nunca pensé que me iba a sentir tan a gusto. Pero la verdad es que cada día agradezco la oportunidad de entrar por esas tres puertas consecutivas y tener un lugar donde sentarme y una computadora con mi foto de los barquitos del Parque Rodó de fondo. Es una máquina bastante lenta, pero es para mí y nadie más la usa. Y tengo el mejor rincón del mundo tapizado con los recuerdos que fui cosechando en estos casi once meses de trabajo. Conozco las rutinas, los movimientos. Las paredes de vidrio me parecen más amigables que expositoras. La terraza siempre me ofrece su complicidad y su cielo. Ya llené toda una cuadernola de garabatos y me siento tan a mis anchas que una vez dormí una siesta de 10 minutos y otra vez me descalcé. Sólo esas veces, lo juro. 

Quizás esas cosas podían llegar a ser previsibles después de un tiempo considerable pasando ocho, nueve, diez y hasta dieciséis horas diarias ahí adentro. Pero otras cosas no eran tan previsibles. Y por eso son todavía más gratas. Como por ejemplo, el ritmo de vértigo con el que estoy aprendiendo cosas. Nunca termino de ver la totalidad del negocio, aparecen cosas nuevas y siempre estoy refrescando temas que pensé que había entendido pero no, porque son más grandes y más ambiciosos y más desafiantes de lo que pensé que eran, y eso es genial. Porque tengo que ser una esponja y no puedo descuidarme. Y todo me obliga a ser mejor, y no me aburro. 

Y si me descuido, o no estoy siendo lo buena que puedo ser, o dudo hasta de mi sombra, alguien me recuerda de la mejor manera posible que esperan grandes trabajos de mí. Que no necesariamente son grandes resultados, pero van camino a eso. Y logran hacerme competir contra mí misma, y contra mis inseguridades. O me quiebro y exploto y lloro y después de eso sí saco lo mejor que tengo. Está bien quebrarse. Es para levantarse más firme. O no logro sacar nada, pero hago el camino de búsqueda. A veces no quiere salir, la mayoría de las veces, pero me enseñan cómo encontrarlo. Ojalá yo pueda hablarle así de paciente a alguien como me hablan a mí. Ojalá también pueda hacerme merecedora que esa confianza que me tienen, o que yo siento que me tienen, y eso es lo que al final vale y lo que a mí me hace fuerte. Porque podrían no decirme nada, aunque creyeran que soy capaz de algo, o podrían no creer ni siquiera en mí. Y sin embargo creen. Y sin embargo me alientan. 

La verdad es que a veces me siento más en casa ahí que en mi verdadera casa. Aunque cada tanto me derrumbe lo grande de las oportunidades y lo pequeña que me siento frente a ellas. Aunque no todo vaya sobre ruedas y haya textos míos que nunca ven la luz. Aunque a veces naufrague o haga el ridículo. Aunque pierda batallas. Aunque se enrarezca el ambiente porque es difícil llevarnos bien siempre. Aunque tenga episodios de duda y de crisis. Aunque me esconda en un baño para llorar, o en la azotea, o en el consuelo de otro departamento. Aunque sienta que me faltan miles de años de aprendizaje. 

Porque encontré personas que no quiero que desaparezcan nunca. Porque todos, a su manera, me hacen creer en mí misma. Porque me desafían con inteligencia y entusiasmo. Porque me siento querida. Porque siempre tienen palabras generosas. Porque no escatiman en paciencia. Porque no sólo me explican, sino que me forman, me moldean. Porque hay mucho espacio para la risa. Porque hice amigos. Porque no siento otra cosa que agradecimiento. Porque todos se preocupan por hacer del lugar de trabajo, una especie de hogar. 

Y así es fácil levantarse y tener ganas de ir cada mañana. 

jueves, 25 de abril de 2013

Indignación

Hoy sólo quiero quejarme de las baldosas de la rambla y que están todas flojas por ende patinar sobre ellas se convierte en un deporte de riesgo. La bicisenda está mal concebida porque la atraviesan franjas de baldosas hundidas o levantadas y es un accidente geográfico tras otro en mi afán por recorrer unos kilómetros sin pérdidas humanas en el proceso. Y cuando no es arenita en la que derrapo vertiginosamente, es caca de perro que hay que esquivar, o vidrios, o gente abombada que camina a paso de tortuga de tierra por la senda que no le corresponde, o niños en bici con dirección errante y por supuesto sin padre, madre o tutor que se haga cargo de que no atropellen o hagan aterrizar a una pobre patinadora amateur que hace aspavientos y putea cada vez que su integridad se ve amenazada y su dignidad roza la extinción. Y ya que estoy, quiero quejarme de los borrachos maleducados que te piropean guarango, de los que tiran las colillas de cigarro, de los idiotas que lanzan basura por la ventana del auto. De las viejas amargas que te tratan mal porque les parece gratificante en algún asqueroso hueco de su frustrado cerebro. De los que manejan muy lento por la senda de la izquierda, los que pretenden que telepáticamente adivines que van a doblar, los que no saben qué van a pedir en la fila de Mc Donald's, los que se chuponean en el ómnibus frente a gente solitaria como yo, los viejos verdes que habiendo seis asientos dobles libres se ubican justo al lado tuyo y se esfuerzan por hacer de la noción de contacto físico una aberración desagradable. Quiero quejarme, porque para qué callar ahora, de los que comentan por la espalda y no indagan por el frente, de los que mienten, de los que no te devuelven lo que les prestás, de los que hablan como si estuvieran libres de pecado y están todos apedreados por dentro, de los que envejecen de alma, de los ciegos por su propia voluntad, de los que se jactan de no leer, de los que se jactan de haber leído a equis autor como si eso les proporcionara algún tipo de superioridad, de los que no dejan nunca de escupir veneno, de los que arruinan buenos momentos, de los que aparecen sólo cuando necesitan algo, de los que lloran la milonga y de los que no se conmueven con una canción. Voy terminando, pero antes me quiero quejar de los que sólo se quejan, de los que se erizan como un gato ante la mínima crítica, de los que gastan dinero como si todo el mundo lo tuviera, de los que no responden los mails, de los que gritan cuando hablan, de los radicales recalcitrantes, de los mediocres, de los histéricos, de los que no crecen, de los que se rinden, de los paranoicos, de los ineficientes, de los que arrastran los pies y de los que no valoran un carajo las cien mil ochocientas cosas que tienen. 

Y quiero quejarme de mí, de mi impaciencia, de mi falta de tacto, de mi autocompasión, de mi dureza. De mi egoísmo y mi falta de voluntad. De mi perpetua crisis de confianza.

miércoles, 24 de abril de 2013

Rollercoaster


Subimos lentamente hacia el cielo, casi que nos detenemos un segundo contra el techo de nubes, y podría estirar la mano y tocar el celeste, pero de golpe estamos en bajada, ya casi no veo y todo tiembla y surco el aire a una velocidad que no alcanzo a calibrar. De a ratos pienso que el vértigo me gusta. A veces me aturde el griterío y demoro en darme cuenta de que es mi propio grito el que me ensordece. Cuando creo que se va a detener, todavía hay una subida y otras mil bajadas, y por qué no, un túnel, un tirabuzón y dos vueltas con los pies hacia arriba. Tengo un mareo atroz, tengo euforia y miedo. Cruzo los dedos para que el carro no salga volando y para que termine llevándome hacia algún destino. Aunque sea de nuevo al comienzo y a un rincón tranquilo donde vomitar.