lunes, 7 de mayo de 2012
El insomnio de la princesa Sissi
Irrealidad extraña. Cálida. Todo lo cálida que permite una sábana. Todo lo extraña que exige una segunda impresión. Palabras. Recovecos. Suavidad. Ergonomía. Pensamientos lentos y flojos y raros y locos. Olores, risas. Tacto perpetuo. Un desayuno que se hace casi almuerzo. Un ómnibus. Un hasta luego.
sábado, 5 de mayo de 2012
Fuego
Fueron sólo esos pequeños instantes del día, pero qué catárticos.
Acercar el encendedor al rastrojo seco, chasquearlo, y ver como la llamita se duplica en nada, se agranda fugaz, loca, y en segundos se está devorando el surco de paja que dejó la cosecha. Volver a hacerlo, en otra hilera, y sentir el viento que se lleva el fuego y lo desplaza, lo alimenta con magia y arrastra el humo oscuro, con ese crepitar violento que suena a destrozo.
Y ver desde la camioneta que se aleja esas columnas cenicientas que llenan el campo de vértigo, de destrucción controlada, de fatalidad. Al rato se apagan y sólo un rastro negro queda de esa manifestación de furia. Después no queda ni eso.
Pero ahí hubo fuego un día, así que ya no va a ser lo mismo. Por lo menos en mí, que todavía siento el encendedor en la mano.
Acercar el encendedor al rastrojo seco, chasquearlo, y ver como la llamita se duplica en nada, se agranda fugaz, loca, y en segundos se está devorando el surco de paja que dejó la cosecha. Volver a hacerlo, en otra hilera, y sentir el viento que se lleva el fuego y lo desplaza, lo alimenta con magia y arrastra el humo oscuro, con ese crepitar violento que suena a destrozo.
Y ver desde la camioneta que se aleja esas columnas cenicientas que llenan el campo de vértigo, de destrucción controlada, de fatalidad. Al rato se apagan y sólo un rastro negro queda de esa manifestación de furia. Después no queda ni eso.
Pero ahí hubo fuego un día, así que ya no va a ser lo mismo. Por lo menos en mí, que todavía siento el encendedor en la mano.
viernes, 4 de mayo de 2012
Uruguay productivo
Empecé el viernes con dos buzos de lana, a eso de las matinales ocho, arriba de una yegua tordilla gorda y acompañando a papá en una vuelta que nos llevó tres horas. Hicimos andar un molino en el proceso, y nos acordamos de prender la bomba para llenar unos bebederos vacíos.
Llegué y me dormí en el sofá. Me desperté para el guiso y una banana y me dormí otra vez, profunda y necesariamente, hasta casi las tres. Mi celular me dijo que capaz que pasan cosas interesantes en mi vida a nivel laboral en un futuro no tan distante.
Desconcertada, agarré la moto y me fui por ahí. Metí la pata en una cañada. Me topé con papá otra vez, que me pidió que hiciera unos mandados. Le cambié la moto por la camioneta, volví a la casa, cargué bidones y garrafas y me fui al pueblo antes conocido como Cabellos (hoy Baltasar Brum) a cargar nafta y renovar el stock de gas.
Volví cuando se ponía el sol, viendo a los borregos correr desaforados camino arriba, esquivando pozos y sintiéndome medianamente útil. Ahora espero que se haga el pollo en la parrilla, y veo el noticiero con mis padres. Hablamos de todo un poco, preparo unos trabajitos, junto hambre y me seco el pelo en la estufa.
Llegué y me dormí en el sofá. Me desperté para el guiso y una banana y me dormí otra vez, profunda y necesariamente, hasta casi las tres. Mi celular me dijo que capaz que pasan cosas interesantes en mi vida a nivel laboral en un futuro no tan distante.
Desconcertada, agarré la moto y me fui por ahí. Metí la pata en una cañada. Me topé con papá otra vez, que me pidió que hiciera unos mandados. Le cambié la moto por la camioneta, volví a la casa, cargué bidones y garrafas y me fui al pueblo antes conocido como Cabellos (hoy Baltasar Brum) a cargar nafta y renovar el stock de gas.
Volví cuando se ponía el sol, viendo a los borregos correr desaforados camino arriba, esquivando pozos y sintiéndome medianamente útil. Ahora espero que se haga el pollo en la parrilla, y veo el noticiero con mis padres. Hablamos de todo un poco, preparo unos trabajitos, junto hambre y me seco el pelo en la estufa.
miércoles, 2 de mayo de 2012
distancia
Seiscientos sesenta kilómetros de ruta me esperan mañana. Me los quiero tomar con calma y velocidad. Quiero concentrarme en las rayas blancas que parten el asfalto y en adelantar a los camiones. Quiero cantar lo que suene en la radio y parar a tomar un café en Young, seguir y parar a comer en Salto, seguir y llegar a ese rinconcito del norte donde esperan mis padres y mi montura y unos caballos para ensillar, y el fuego de la estufa para hacer las costillitas y los gatos salvajes mirándonos con codicia en la ventana. Voy a mirar con melancolía a la piscina seca, vacía, llena de hojitas y arañas y recuerdos de baños helados. Quiero madrugar y recorrer y abrir porteras y que radio Sarandí nos ambiente la hora del almuerzo. O Strauss la cena. Pienso leer, caminar, saludar a los perros, agarrar la moto y perderme por ahí. También hago planes para pensar y sentir y escucharme. Y saber.
Bendita distancia y ratos a solas. Me curan un poco de ser excesivamente yo, y de dañar, también excesivamente. Me aíslan de ese cansancio de mí misma, de esa concentración de atención en mí, de esa tensión de no entender, de todo eso que sobra y que me resulta ajeno y extraño. Me escapo del temor, aunque sea dos días y medio. De la duda, del desconcierto. De los días flojos de poco quehacer. De no saber qué contestar a algo que me desborda. De la incomodidad de seguirme la corriente. De no comprender y sentir que estoy sola rodeada de gente, porque esa soledad de campo y nubes no es tan soledad. De hundirme y volar y hundirme y volar y hundirme. Me evado de cosas que en realidad no se van, pero por lo menos, las miro desde un lugar más verde.
No quiero herir ni helar ni llenar de esperanzas. No sé manejar presiones que hace mucho que no sentía. Quiero que surja natural todo, como lo era mientras eran sólo palabras. O lo parecía. Me ahogo a veces, en lo extremo, en lo cursi. Me siento atrapada en el miedo perpetuo a que duela, en la demostración que se lleva todo por delante, y en los planes que de golpe se me aparecen en frente, como una puerta ineludible que ni siquiera sé si quiero abrir. No quiero lastimar, pero ya no sé cómo se mide eso.
No quiero decir cosas que no siento. No quiero rechazar cosas que por ahí valen la pena.
martes, 1 de mayo de 2012
Nueve kilómetros
Toda la lonja de Pocitos, ida y vuelta. Una parte sola, después acompañada, después sola otra vez. Velocidad de crucero en mis pasos, mirar un poco, pensar más, sentir el frío en la cara y achinar los ojos por el sol. Del Buceo al Golf y de regreso a casa. Una hora y pico de otoño montevideano. Una hora de charla intensa y amistad sincera. Un pico de confortable soledad. Vi el sol ponerse en Bulevar España, esquivé puestos de torta fritas y admiré perros. Un amigo que cruzaba corriendo me aplaudió en la cara para saludar. Un compañero de facultad me agitó la mano tímidamente. La ciudad que es un pañuelo. Primero de mayo, día de la Rambla.
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