lunes, 3 de noviembre de 2014

Un viaje

Hay gente estúpida que tiende a creer que una determinada cantidad de kilómetros puede servir como bisagra de vida. Que un avión no te lleva solo a otro país, a un continente distinto, sino que te traslada a una dimensión nueva donde vos dejás de ser todo lo que eras para convertirte en un objeto fascinado sin pensamientos propios, todo admiración y contemplación, todo absorción de entornos, esponja de paisajes, alcancía de gente, bolsa de suvenires. Esas personas son tan ingenuas que se creen que uno se va y se lleva una mochila vacía. Que en Budapest o en Nepal o en Antofagasta las preocupaciones son otras, distintas a las de acá. Que el mundo se olvida de tu historia para siempre, y no. Porque vos no te olvidás. Porque tu historia va en tus ojos y en tu acento y es lo que le devolvés al guía marroquí y a la señora mexicana que te prepara el taco. Tu historia no es sólo tu viaje sino también tu raíz. Es ese pozo que fuiste haciendo con el peso de tu existencia en algún lugar determinado, delimitado, quieto. Es el nudo de gente que te ata a recuerdos. Un árbol cierto. Un patio de escuela. Un color definido del agua. Un hombro conocido. El olor de una casa. Son las cosas que explican tu permanencia. Y esas cosas no tan efímeras son las que te hacen volver. Y te hacen darte cuenta de que fuiste estúpida y de que el avión se llevó tu historia a pasear pero sigue siendo tu historia. Porque está bueno irse para querer volver, porque por algo ese hueco tiene tu forma. Y traés nuevas formas para guardar ahí, con la versión de vos que llevaste a todas partes pero que siempre tuvo un lugar donde acomodarse en este rincón del mundo. Que es acá, al lado de alguien, mirando hacia afuera y viendo llover.

1 comentario:

  1. ¿en serio existe gente que se olvida de sus raíces?

    Es imposible salir de lo que somos. O somos todo, o no somos nada.
    Y no ser nada es muy inverosímil.

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